LA FE EXPLICADA / Leo J Trese


LUCES DE MEDITACIÓN

Hola, hoy terminé de leer La fe explicada de Leo J. Trese…que libro tan maravilloso, le saqué mucha punta, es demasiado profundo, me encantó, le doy gracias a Dios porque en Civitas aprendí a cogerle amor a la lectura, con libros recetados para mi alma, que bendición poder alimentar el alma con recta doctrina!
Voy a seguir con otro libro que sé será excelente, como todos los que hay en la biblioteca de Civitas: Las bienaventuranzas de Georges Chevrot.

Te comparto las últimas luces que saqué de La fe explicada.

Dios te bendiga, 
Lina Marcela Gómez

– El bautismo nos borra el pecado original, la penitencia nos perdona el pecado actual, la confirmación fortalece nuestra fe, el matrimonio santifica a los esposos. En la sagrada eucaristía tenemos un sacramento cuyo fin principal es acrecentar la gracia santificante, repetida y frecuentemente, por medio de la unión personal con el mismo Autor de ella. La Eucaristía es el sacramento de crecimiento espiritual, aumenta nuestra estatura y fuerza espirituales.

– La concupiscencia es la tendencia al pecado, herencia común de todo el género humano como el resultado de la caída de Adán. Es la atracción hacia abajo de las pasiones desordenadas, los embates de los impulsos rebeldes que controlamos inadecuadamente, la tendencia a la soberbia de la voluntad que quiere seguir su camino con independencia de Dios.

– La piedra de toque de nuestro amor a Jesucristo es lo que estamos dispuestos a hacer por Él, no lo que sentimos por Él.

– Aumentamos nuestra capacidad de gracia al quitar los obstáculos a la gracia que embarazan nuestra alma. El primero y más grande de ellos es el apegamiento al pecado venial. Mientras haya un solo pecado venial deliberado que no queramos abandonar, estamos reduciendo la capacidad de gracia de nuestra alma.

– Las imperfecciones son esos fallos que muestran que nuestro amor a Dios no es todavía con todo el corazón.
Dios permite que el crecimiento en santidad sea un crecimiento orgánico, gradual y estable como el de un niño, apenas perceptible día a día. Es mejor para nuestra humildad no conocer demasiado claramente el progreso que hacemos.

– Toda buena acción que realizamos en estado de gracia santificante con la intención de agradar a Dios es una acción meritoria, es decir, nos merece un aumento de gracia en esta vida y de gloria en el Cielo.

– Dios no perdona ningún pecado mortal o venial si no tenemos contrición de ellos que es un pesar de corazón y detestación del pecado cometido, con el propósito de nunca más cometerlo. Dios perdona toda ofensa, por odiosa que sea, si el pecador tiene verdadera contrición.

– Cuando decimos a Dios que nos arrepentimos de nuestros pecados, estamos dispuestos, con la ayuda de Su gracia, a sufrir cualquier cosa antes que ofenderle otra vez. La frase “con la ayuda de Su gracia” es muy importante. El dolor sumo no excluye un sano temor de pecar otra vez si la victoria dependiera de nuestras solas fuerzas humanas. Al contrario, debemos desconfiar de nosotros y de nuestra autosuficiencia; debemos reconocer que dependemos de la gracia divina. Al mismo tiempo, sabemos que la gracia de Dios no nos faltará nunca si ponemos lo que está en nuestra mano.

– Sin culpa nuestra, Dios jamás permitirá que tengamos que enfrentarnos con tentaciones que superen nuestra capacidad de resistencia; y si Él permitiera tentaciones fuera de lo común, podemos tener la certeza absoluta de que nos daría todas las gracias extraordinarias que necesitemos para vencerlas.

– La gracia especial del sacramento de la penitencia nos fortifica contra las tentaciones, creando las resistencias del alma al pecado como las vitaminas las crean contra las infecciones del cuerpo. El sacramento de la penitencia imparte en el alma libre de pecado mortal un aumento de la gracia santificante y un crecimiento de la vida interior.
Para que algo sea pecado requiere que la mala acción se conozca y se quiera.

– Dios es incomparablemente misericordioso; rápido para perdonar al corazón contrito. Pero, a la vez, Dios es infinitamente justo; no puede permanecer indiferente ante el mal moral. Al Él no puede “darle igual” lo que cada hombre haga con su libertad.

– Quien comete un pecado mortal escoge libremente vivir separado de Dios para siempre (el infierno) a cambio de hacer su voluntad ahora. Quien hace un pecado venial acepta de antemano el purgatorio a cambio de la insignificante satisfacción actual.

– En el plan salvífico de Dios ni una sola oración, ni una lágrima de arrepentimiento, ni un pinchazo de dolor se pierden.

– “Dios Omnipotente, sé que todo lo que tengo Tú me lo has dado. Te doy gracias por tu bondad. Te pido perdón por no servirte mejor y que te muestres bueno y misericordioso conmigo”.

– Una fe interior en la amorosa providencia divina y nuestro conocimiento de la total dependencia a Dios, son las disposiciones personales que harán la oración de la Iglesia eficaz en nosotros.

-El valor de un crucifijo como ayuda en la oración y en la vida cristiana es evidente: no hay símbolo que tan vívidamente nos recuerde el infinito amor de Dios al hombre como esta imagen del mismo Hijo de Dios clavado en la cruz por amor a nosotros, para que podamos alcanzar la vida eterna. Nada puede movernos más al arrepentimiento de nuestros pecados que la representación gráfica de Jesús crucificado en pago de nuestras culpas. Nada puede sernos mejor ancla en las tribulaciones y contrariedades de cada jornada que esta imagen de Cristo agonizante, que da sentido y valor a nuestro sufrimiento.

– La oración se define como “la elevación de la mente y el corazón a Dios”. Lo hacemos cuando centramos en Él nuestra atención, elevamos nuestro corazón a Dios cuando dejamos arrebatar nuestra voluntad por un acto de amor.

– Somos criaturas de Dios y beneficiarios de sus mercedes.

– Dependemos del Dios hasta para el aire que respiramos. Por esta relación nuestra con Dios, le debemos la obligación de orar. La oración es un acto de justicia, no un voluntario acto de piedad; es un deber que tenemos que cumplir, no un gesto amable que nos dignamos hacer.

– El primero y principal fin de la oración es reconocer la infinita majestad de Dios, su supremo dominio como Amo y Señor de toda la creación.

– Debemos reconocer además la infinita bondad de Dios, y agradecerle los innumerables favores y beneficios que nos ha concedido.

– Como pertenecemos a Dios hasta la última fracción del último milímetro de nuestro ser, le debemos absoluta lealtad. Somos obra de sus manos, no hay nada que Él no tenga derecho a pedirnos. Debemos pedir perdón a Dios por nuestras rebeliones y reparar la pena que hayamos merecido.

– Los cuatro fines de la oración: Adoración, agradecimiento, reparación y petición.

– Para crecer realmente en santidad y obtener luces divinas en todas nuestras necesidades, tendríamos que dedicar todos los días un tiempo fijo a la oración de meditación (escuchar la Voz de Dios; quizás 15 o 30 minutos en el recogimiento de nuestra habitación o ante Jesús en el sagrario.

– La oración de contemplación es donde nuestra mente cesa en su actividad y sencillamente “ve” a Dios en su infinita amabilidad, abandonando en sus manos cualquier acción que deba obrarse en el alma.

– La oración contemplativa nos da sensación de paz, de alegría y una nueva fortaleza, sin palabras ni esfuerzos para ordenar nuestros pensamientos.

– Una acción costosa hecha por Dios es siempre más meritoria que la misma acción hecha con facilidad.

– Nuestra oración no debe depender del estado de nuestro ánimo, es un deber que tenemos hacia Dios.

– No tenemos derecho a pedir a Dios sus gracias sino estamos decididos a hacer lo que esté en nuestra mano para, al menos, quitar los obstáculos que puedan estorbar la acción de la gracia.

– En los planes de Dios, mi camino hacia la santidad y el Cielo debe pasar por un sendero empinado, lleno de luchas y victorias día a día: Pido a Dios que me libre de la tentación, y su respuesta es darme la gracia que necesito para vencer la que me espera a continuación.

– En primer lugar y antes de nada, cada uno debe rezar por sí mismo, para alcanzar la gracia de vivir y de morir en estado de gracia. No es una actitud egoísta, es el recto amor de uno mismo, el tipo de amor propio que Dios quiere que tengamos. Cada uno es el guardián de su propia alma, con la primordial responsabilidad de alcanzar la unión eterna con Él para la que hemos sido creados.

– Comencemos cada jornada con esta súplica: “Dame Señor las gracias que necesito para cumplir tu voluntad aquí y ser feliz en unión contigo en la eternidad”.

– El recto amor propio, el deseo de vivir y de morir en gracia de Dios, es también la medida de nuestro amor al prójimo.
“Dios mío que nadie sufra o se pierda por culpa mía” es una plegaria que deberíamos colocar entre las más apreciadas que digamos.

– Todo el fin de nuestra existencia es que demos gloria a Dios como obra de sus manos y testimonios vivos de su bondad, misericordia y poder.

– “Todo lo que tú quieras Dios mío lo quiero yo también, aunque me cueste. Confío en tu gracia para llevarlo bien hasta el final”.

– Los afanes de hoy te bastan: pide solo lo que necesites hoy; tú y Dios ya se ocuparán del mañana cuando llegue.

– La esencia de la vida cristiana está en el esfuerzo por reproducir en nosotros la imagen de Cristo. Nuestro fin es hacernos semejantes a Él. Nuestra semejanza con Cristo nos dará la clave para vivir la unidad de vida, una vida que tendrá sentido y finalidad.

@CivitasOrationis
La ciudad para aprender a escuchar la voz de Dios 
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